Aleksandar Gatalica

RUBINSTEIN VERSUS HOROWITZ
y viceversa

INDICE

1887-1925
ANTECEDENTES
1 Los últimos románticos dan la vuelta de honor
2 Infancia, adolescencia y juventud
3 Años de aprendizaje: nuevos y asombrosos parecidos

1926 - 1939
PRIMEROS ENCUENTROS, PRIMEROS CONFLICTOS
4 Artusha y Volodya
5 Horowitz subyuga a América y Rubinstein a Egipto
6 Nela y Vanda, hijas de los directores
7 Rubinstein en América, Horowitz retrocede

1940 - 1952
DOS AMERICANOS
8 En la guerra
9 Profesor Horowitz versus profesor Rubinstein
10 Guerra fría en la era del sonido mono

LEYENDA VERSUS MITO
1953 - 1964
11 Colitis
12 Año de desgracias y nuevos conflictos
13 Señor RCA y señor CBS

1965 - 1981
LOS VIEJOS
14 Retorno a la televisión
15 "¿Él no es viejo ya?"
16 Un año importante: 1976

1982 - 1989
SOLO
17 El rey está muerto, ¡Viva el rey!
18 El Rey Sol viaja
19 La madre Rusia
20 Los últimos años del último romántico
21 En lugar del final, porque no hay final

DISCOGRAFÍA Y VIDEOGRAFÍA COMPLETAS DE ARTHUR RUBINSTEIN
DISCOGRAFÍA Y VIDEOGRAFÍA COMPLETAS DE VLADIMIR HOROWITZ
NOTAS QUE ACOMPAÑAN AL LIBRO
ÁRBOLES GENEALÓGICOS Y PEDAGÓGICOS DE RUBINSTEIN Y DE HOROVITZ
ANÁLISIS GRAFOLÓGICO DE LAS FIRMAS DE RUBINSTEIN Y DE HOROVITZ
ÍNDICE

19
La madre Rusia

"volodya, quédate", así ovacionaba el público en el concierto en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú al que una vez se llamó Volodya Samojlovič Gorovits y que ahora venía, después de más de seis décadas, laureado con historias increíbles y conocido como Vladimir Horowitz.
Aquel debió de ser un gran acontecimiento. Quedó recordado como representación de las representaciones, podría decirse que fue el concierto más transcendente de la segunda mitad del siglo XX. Y todo lo que le siguió llevó la marca de superlativo. El programa de TV Horowitz en Moscú lo vio el mayor número de espectadores en la historia de la música clásica en televisión. El CD que se grabó en el concierto de Moscú es el CD más vendido en toda la historia de las ventas de grabaciones musicales. El New York Times tituló la historia de Moscú con mayúsculas: PARA HOROWITZ EN MOSCÚ BRAVOS Y LÁGRIMAS. Charles Kuralt, corresponsal de la red de televisión de la CBS (que tenía los derechos sólo para la transmisión televisiva) informó al estilo americano: “Una mañana de primavera en la pared color amarillo pálido del Conservatorio de Moscú amaneció un cartel normal. Ponía en pocas palabras que se celebraría un recital de Vladimir Horowitz (USA). Sólo un cartel, pero que provocó un auténtico electro shock de sorpresa y alegría en la capital soviética. Los que vieron la información u oyeron hablar de ella sabían que sería un concierto para la eternidad. Y lo fue.

Oh, ¡tendría que haber estado allí!
Pero ¿cómo podía estar? Se emitieron solamente cuatrocientas entradas para el público habitual y los amantes de la música rusos formaron largas colas esperando durante toda la noche, para que las entradas, al abrirse la ventanilla al día siguiente, se agotaran en sólo unos minutos. El resto de los 1.800 asientos en la bellísima Gran Sala del Conservatorio estaban reservados para los dignatarios soviéticos y para los miembros del cuerpo diplomático.

Aquel domingo 20 de abril de 1986 llovía cuando comenzó el concierto a las 4 de la tarde. Centenares de personas se reunieron bajo los paraguas en la calle, delante de la sala. Sabían que no iban a escuchar ni una sola nota y aún así querían estar ahí, únicamente para poder contar después que estuvieron presentes aquel día.”

A todo esto le precedieron unas conversaciones bastante tensas que no pocas veces se parecían a negociaciones con el resultado en suspense. Horowitz se puso tres veces en contacto con la embajada soviética en Estados Unidos. La primera vez que pensó en volver y tocar en la URSS fue en 1941 cuando en la Segunda Guerra Mundial los Estados Unidos y la Unión Soviética se hicieron aliados durante un corto período. En aquel entonces, Vladimir pensaba ir a tocar en su país natal, pero como aún no tenía la nacionalidad americana, temía con razón que allí le detuvieran y le quitaran el pasaporte Nansen que era el único que tenía. La segunda vez pensó volver en 1965 cuando a través de la embajada soviética le llegó una carta muy sospechosa de la Unión Soviética. Se la había escrito su hermana Regina pidiéndole que por fin tocara también en la Unión Soviética. La última vez el mismo Horowitz se dirigió a la embajada soviética en Washington en 1974. Había rellenado todos los formularios pidiendo que su hermana le visitara en América, pero no recibió ninguna respuesta.

Vladimir Horowitz era ruso, se había formado en la escuela pianística rusa, se había educado con la literatura rusa del siglo XIX, pero casi se había olvidado de su patria durante todos los años de su vida en Occidente. A menudo se mostraba amargado afirmando que no sabía por qué tenía que ponerse sentimental con el país en el que padeció toda su familia. En aquella época, parece que Peter Gelb amaba Rusia mucho más y deseaba con más fuerza que Vladimir que éste volviera a su patria. Las primeras conversaciones empezaron después de que Mijaíl Gorbachov fuera nombrado Secretario General del Partido Comunista y después de todas las reformas iniciadas por él. En 1985, los presidentes Reagan y Gorbachov firmaron el protocolo de cooperación cultural bilateral y desde este momento empezaron las negociaciones sobre la vuelta de Vladimir Horowitz a su patria.

Todo se parecía a un errar en la oscuridad de un bosque espeso, pero al final se consiguió el verdadero progreso. Sin embargo, Horowitz salió a escena. Sospechaba que la KGB le iba a detener, ya que los crímenes contra el estado soviético no prescribían (y a él le habían dejado viajar al extranjero todavía en 1925 con un visado de sólo seis meses). Se preguntaba si la gente de allí le seguiría recordando (era una antigua fobia, que no se vendiera toda la sala). Finalmente, también dónde se alojaría (en la URSS seguro no había hoteles a su gusto) y si allí tendrían “sus” comidas y bebidas. A pesar de todo, Gelb, como muchos que antes rodeaban a Horowitz, estaba preparado para todo. Había comprendido y aceptado los hábitos de su cliente desde hacía tiempo ya.

Se había dirigido al embajador americano en la URSS, Arthur Hartman, que realizó una auténtica operación diplomática en el terreno. Al más grande de los pianistas se le había ofrecido la residencia del embajador americano. Esto tenía por lo menos dos ventajas. La residencia se podía reformar con facilidad como se solían reformar apartamentos a lo largo de América. Pero había otra ventaja más, para Horowitz obvia: la residencia del embajador americano, aunque sólo formalmente, era suelo americano y a un Horowitz asustado le parecía que estaba seguro. Sólo faltaba solucionar los problemas habituales de la comida. El embajador italiano había prometido abastecer a Horowitz siempre con espárragos frescos y el británico con lenguado que se iba a transportar a diario desde Dover, sin haberlo congelado y sólo envuelto en hielo picado.

Así Horowitz emprendió su viaje. Antes de partir, había organizado para sus amigos más cercanos una cena en su piso de la Calle 94 Este. El acontecimiento pareció una despedida, como una especie de Última Cena. Con Volodya estuvieron aquella noche la señora y el señor Gelb, una antigua amiga de Vanda (y su pareja en las partidas de canasta), Sali Horowitz, Jack Pfeifer y Thomas Frost. Al día siguiente, Vladimir y Vanda cogieron el Concorde, el avión preferido de Horowitz desde que empezó a volar. Del aeropuerto de Orly de París, volaron hacia la patria de Volodya. A los periodistas a bordo el pianista les había dicho: “Estoy emocionado. Es mi país. Es Rusia. Es el país en el que crecí.”

Sin embargo, en un primer momento, en su patria a Horowitz le esperaban sólo malos recuerdos. De toda la familia Gorovitz en el aeropuerto le recibió únicamente su sobrina Elena Dolberg, hija de Regina de su primer matrimonio, que tenía sólo nueve años cuando lo escuchó por última vez y que ahora tenía setenta. La madre de Horowitz, Sofía, había muerto en 1930 (David Dibal afirmaba que era en 1929), el padre de Horowitz había desparecido en uno de los gulags en los años treinta, el hermano Jacob murió durante la guerra civil y la Revolución, probablemente en 1919, otro hermano, Georg, también murió, pero durante la Segunda Guerra Mundial (según David Dibal se había suicidado) y, finalmente, su hermana mayor, Genya, murió en 1984 sin lograr visitar a su famoso hermano en Occidente.

No obstante, pronto los acontecimientos se tornaron y las impresiones de Horowitz se volvieron más favorables. Para empezar, la gente le recordaba. El aviso de que iba a tocar había provocado una auténtica agitación. Los amantes de la música guardaban colas, y estas escenas siempre le confirmaban que era importante y le inspiraban de una manera crucial en vísperas de sus conciertos. El “pianista de Estados Unidos” pasó los primeros días visitando Moscú y sus alrededores. Estuvo en Klin y soportando las miradas desconfiadas de los pianistas de allí, sobre todo de Mijaíl Pletnev, tocó en piano de Piotr Chaikovski durante un rato. Visitó la casa de Aleksandr Scriabin (de la que decían que en un plazo muy corto, antes de su visita, se había renovado) y se encontró con la hija del gran compositor que todavía en 1914 le escuchó tocar un corto período. Donde fuera le rodeaba glamour y algo parecido a histeria. No es que no le agradara, pero lo que más le apetecía era quedarse en la residencia del embajador Hartman. Ahí se sentaba frente al televisor y al vídeo viendo sus películas preferidas de ciencia–ficción y de aventuras. Durante estos días, preparándose para la actuación, practicaba poco. Su Stenway nº 314 503 ya estaba colocado en el escenario del la Gran Sala del Conservatorio.

Y entonces, aquel 20 de abril empezó el concierto. Merece la pena citar todo el programa de ese recital antológico. Horowitz comenzó con su preferida Sonata L 23 de Scarlatti y siguió con la Sonata para piano KV 330 (300h) de Mozart, con los Preludios en Sol mayor y en Sol sostenido menor de Rachmaninoff y con los Estudios de Scriabin en Do sostenido menor y en Re sostenido menor. Después de la pausa siguió con las Soirées de Viena (nº 6) de Liszt – Schubert, con el Soneto según Petrarca nº 104 de Liszt, con dos Mazurcas de Chopin en Do sostenido menor y en Fa menor y con la Polonesa Heroica en La bemol mayor. Para el bis tocó Ensueño de las Escenas Infantiles de Robert Schuman y Étincelles, Opus 36, de Moritz Moszkowski. Terminó el programa con la Polca para W. R. de Sergei Rachmaninoff.

Hubo aplausos de quince minutos y más. Hubo ovaciones del público en pie. Hubo desmayos. Hubo chillidos al borde de histeria. Hubo gritos de “bravo” y “bis”; sobre todo se oyó uno después del fantástico Preludio en Sol sostenido menor de Rachmaninoff. Hubo lágrimas rodando de dolor y convulsiones. Hubo silenciosas lágrimas de alegría, sobre todo cuando Volodya tocó en bis el Ensueño de Robert Schuman. Hubo diversas exclamaciones entre las que a menudo se oía la de “¡Volodya, quédate!”

Vladimir Horowitz jamás vivió reacciones como esas, aunque no hay que olvidar que estaba acostumbrado a las histéricas y efusivas muestras de amor y ya en los sesenta fue llamado el “quinto Beatles”. En la pausa, el público salió asombrado por la grandeza de su arte pianístico. El corresponsal de la CBS apuntó algunas reacciones de las que muchas fueron pronunciadas por los propios pianistas que no siempre están dispuestos a alabar a sus colegas. “Es el único pianista que sabe y puede tocar con colorido”, “Esto no es terrenal, esto llega directamente del paraíso”, “Su arte es pura belleza que flota en el aire”. Es difícil decir de todo esto qué es lo que se inventó o realzó. En aquellos días todos estuvieron emocionados, exaltados y propensos a exagerar.

El pianista Vladimir Feltsman también presenció el concierto. Y también se emocionó mucho. Al volver a América, le dijo a Harold Schonberg lo siguiente: “Cuando escuché las primeras notas, necesité medio minuto o un minuto entero para creer a mis propios oídos. El sonido era muy, muy suave, muy delicado, excepcionalmente hermoso. Puedo decir que en aquella sala jamás había oído a nadie tocar así, un tono similar, y es que escuché muchas grandezas que tocaron allí. […] Observaba sus manos y me di cuenta de que sus codos y antebrazos estaban casi inmóviles mientras tocaba. Su cara expresaba gran tensión, pero era como una máscara. Creo que nadie pudo copiarlo. Tocaba solo desde las muñecas y moviendo los dedos. Ni en un solo acorde utilizó jamás la fuerza de sus hombros.”

Nada más volver a Nueva York, Vladimir Horowitz se convirtió en un auténtico ídolo. Después de su concierto, como antaño después de los conciertos de Rubinstein, ya nada parecía lo mismo. Lev Vlasenko, conocido pianista soviético y profesor del Conservatorio de Moscú, contó que después del programa de Horowitz cambió hasta cierto punto incluso la manera de tocar y de enseñar en una de las instituciones más famosas de formación de pianistas. “Horowitz tocó libre y a lo grande”, dijo Vlasenko. Eso debió dejar huella, porque se decía que era la libertad que se permitía Antón Rubinstein en el siglo pasado y por la que era conocido.

En el resto del mundo también se supo muy pronto de las hazañas heroicas de Horowitz en Rusia. El Deutsche Grammophon se apresuró a grabar un disco y un CD que se titularon simplemente, a la manera de los antiguos productores discográficos, Horowitz en Moscú. La edición fue como una bomba. La palabra ‘sensación’ es demasiado floja; el ‘triunfo’ sonaba igual de templado. Horowitz se convirtió en el músico más famoso al que conoció el planeta entero. Del mundo de la música artística únicamente el trío Pavarotti, Domingo y Carreras pudo ser comparado con él. Logró sus mayores éxitos en la desarrollada era informática, así que objetivamente de él oyeron hablar muchos más laicos y no profesionales que jamás conocieron a Arthur Rubinstein. Horowitz finalmente había conseguido lo que siempre anheló: abandonar para siempre el atractivo puesto del más brillante entre los virtuosos, del mejor entre los técnicos y del más preciso entre los pianistas para convertirse en un mito.

Después de las veladas de Moscú le quedaron sólo tres años de vida, pero el objetivo había sido logrado. Horowitz pudo estar tranquilo y antes de su muerte, como un malabarista o despreocupado showman, todavía pudo visitar algunas de sus ciudades preferidas.