EL SIGLO
101 cuentos de un siglo

UNA FAMILIA ENFERMA

la última cena de la familia Ritij en la patria transcurrió apaciblemente. En el galpón cerrado comieron arenque salado en platos desparejados; por todos lados en torno a la mesa estaban desparramados los cartuchos de las granadas alemanas de 120 milímetros. Era el día bisiesto del año 1920, y el puerto de Sebastópolis, atiborrado de pequeños barcos a vapor, era sacudido amenazantemente por las detonaciones provenientes del Cabo Quersoneso y de la Bahía de Balaklava. Más atrás, en el Estrecho Crímeo, de pie estaban los soldados de Vranguel que, cual aquellos peloponeses, muertos seguían esperando se les impartieran órdenes. Abajo, el mar, y los muelles, repletos. La más insólita comitiva de refugiados se revolcaba hacia el puerto. Estupendos automóviles arrastrados por seis caballos, mobiliarios completos, damas con perros falderos, oficiales sobre carretas con miradas suicidas. De todo había en esa procesión...

Aleksandar Sergueyevich Ritij había sido ministro de agricultura hasta hacía poco, tres años atrás había dirigido en la capital la compra del trigo por parte del Estado, había hablado en la última sesión de la cuarta Duma, y ahora comía en silencio, aplicando apenas un poco de la hipocresía y de los buenos modales de antes de la guerra. Esa misma tarde, mientras también se debatía por un puesto en el navío, la muchedumbre lo atropelló en uno de los muelles, y por poco lo derrumbó al agua alquitranada. Entonces pensó que sería hermoso abandonar un mundo que de todas maneras había llegado su fin, caerse al mar helado, verse sumergido bajo el armazón de algún barco y ahogarse en el silencio total. Intentó inclinarse arriesgadamente; intentó abandonarse a la aplastante masa ciega que vociferaba, pero no tuvo éxito. No se cayó. La multitud lo empujó para atrás a último momento, y lo dejó de lado como a un suicida cobarde. Durante la cena se reprochó el hecho de permanecer en vida y de nutrir traidoramente su organismo decrépito y defraudado, desgastado por la guerra y la miseria.

Poco después de la medianoche se embarcaría junto con los hijos en el vapor de la Sociedad Rusa de Barcos de Vapor Constantino, que zarparía rumbo a Constantinopla. Por los callejones turcos, junto a las pequeñas fuentes y serallos, Aleksandar Sergueyevich Ritij se plantearía las viejas preguntas de siempre: “Qué hacer? Quién tiene la culpa? Cómo seguir adelante?”. Y le sonarían a hueco ridículo, como un eco vago y lejano. Se pasearía junto a las aguas del Bósforo, se mostraría demasiado cauteloso, tan desconsideradamente amable, y nunca se enteraría de que, ya a la mesa en el galpón de los Establecimientos Putilovsky, al hijo menor Alexey Aleksandrovich se le había ocurrido matarlo. De haber presentido su intención de matarlo, casi que ya allí le habría ofrecido su cabeza canosa, junto con la bendición eutanásica y paternal, pero no lo presintió. Entre tanto, su hijo comía en silencio, arrancando los bocados de arenque salado al tiempo que pensaba que a ese respetable tornillo del engranaje imperial, a ese antiguo miembro del Consejo de Estado que ni siquiera los domingos se quitaba el redengote, había que haberlo extrangulado por compasión mucho tiempo atrás. Entre los cartuchos desparramados de las granadas alemanas, Alexey Aleksandrovich pensó en poner término a la paternidad y arremeter contra el padre, cual Edipo; pensó en saltar del otro lado de la mesa y extrangularlo, pero a último momento volvió a sí. Era extraño que el que hasta hacía poco había sido mayor de estado del general Denikin, se acordara en ese instante de las palabras de Nikolay Fiodorov, leídas hacía mucho tiempo. El espíritu de la fraternidad, había escrito Nikolay Fiodorov, no debe limitarse a la gente que vive aquí y ahora. La humanidad constituye una unidad, y el espíritu fraternizante debe hacerse extensivo a los muertos, “nuestros padres”. Sería la entrega con que Fiodorov se dedicaba a la reanimación de los muertos lo que realmente le impidió matar al viejo Ritij? Ahora no lo sabía. Se atragantó con una espina. Unos tres años más tarde, en la penumbra del restaurante Kazbek, en algún rincón de París, Alexey Aleksandrovich iba a bailar el kazachok entre las mesas a media luz, e iba a pensar en esta noche. Por entonces ya iba a saber de la perversión del siglo democrático. Iba a hundirse cada vez más en el lodo de la vida parisina; iba a ganar 25 francos al día, e iba a deplorar el que ese día bisiesto de 1920 no hubiera matado al padre, eligiendo así por lo menos el desprecio infernal, si ya no había elegido la vida...

Eso es lo que se iba a decir a sí mismo dentro de tres años, pero ahora escupía mezquinamente las espinas que por poco lo asfixian, evitándole pero las nuevas penurias del exilio. La madre le dio golpecitos en la espalda, el hermano mayor Nikolay Alenksandrovich lo encomendó a Dios. Luego volvió a reinar el silencio. La última comida de la familia Ritij prosiguió apaciblemente. Por detrás de la puerta de madera cerrada a llave llegaba el barullo de la gente y se oían nuevas y amenazantes explosiones junto a Sebastópolis. Aullidos a la lejanía, provenientes de las sierras caucásicas, cubiertas de nieves, de lobos cubiertas. Nikolay Aleksandrovich, el hijo mayor de Aleksandar Sergueyevich Ritij, se estaba tragando grandes bocados como alguien que no hubiera comido desde hacía tiempo. Otrora había sido monje. El silencio le hacía compañía, así como las velas semiderretidas y la oración, pero esta noche simplemente tenía hambre. Como si fuera un pequeño estafador, en los bolsillos escondía diversos billetes arrugados: rublos del Tzar, rublos del Don, rublos de la Duma. Se debatía por el arenque salado no obstante su olor raro, y en ese instante estaba profundamente consciente del poder del mal. Por lo demás, Solovyev había previsto que los seguidores de Cristo iban a verse reducidos a una minoría perseguida, sin fuerza para imponerse a los demás. Todo el poder profano iba a pasar así a manos del Anticristo. Qué significaba para él que ese día bisiesto del año 1920, escondido en el galpón de los Establecimientos Putilovsky en los muelles de Sebastópolis, el que Vladimir Sergueyevich Solovyev hubiera previsto la unificación de todos los cristianos antes de que terminara el siglo XX, así como su definitivo triunfo terrenal? Nikolay Ritij es un miedoso, y al año siguiente expirará en Belgrado, en el hospital ruso para refugiados. La metástasis, que ahora sentía como un dolor sordo, se apoderaría de todo el tejido cual una siniestra flor de lis; los médicos del Sanatorio de la Cruz Blanca en Topčider ni siquiera intentarían curarlo. Detrás del tabique blanco, que delimitará sus estertores, también se acordaría de esta noche en la que estuvo comiendo arenque enlatado sin mayores ganas, del mismo modo en que su padre firmaba los decretos del tzar. También a él se le pasarían por la cabeza las viejas preguntas, y tampoco él sabrá las respuestas.
La última cena de la familia Ritij en la patria transcurrió en silencio. De a ratos parecía como si alguien hubiera querido decir algo, pero al instante desistía. Sólo los tenedores torcidos y las cucharas herrumbradas resonaban en los platos. Se comió arenque salado en platos desparejados; por todos lados en torno a la mesa estaban desparramados los cartuchos de las granadas alemanas de 120 milímetros.

Para el año bisiesto 1920

LA CENA

Cuando en 1941 las tropas del XII Ejército alemán estaban acercándose a Belgrado, el orfebre Carlo Ferfera todavía tenía la lupa de joyero bajo la poblada ceja. Hasta el último instante se negó a creer en la derrota de un Ejército al que había enviado a sus dos hijos. Por lo demás, se sentía dichoso porque el bombardeo no los había sorprendido en Belgrado, ya que la joyería de la calle Garašanin permaneció intacta, ni siquiera la vidriera se agrietó, pero la mansión familiar en el barrio de Neimar había quedado demolida hasta los cimientos por el impacto directo de una bomba alemana. Carlo se levantaba temprano e iba a la tienda, en tanto que los hijos estaban acostumbrados a dormir hasta el mediodía. Ahora estarían muertos...

Pero ahora por suerte estaban lejos, quizá en el cautiverio, y Ferfera seguía sentado en la joyería. Fue uno de los últimos en enterarse de la caída de la ciudad de Niš, de la rápida quiebra de los defensores de la ciudad de Kragujevac. Limpiaba el oro en el escaparate, se engañaba con vagas eperanzas que ponía en el poder militar británico, y soñaba en un frente común serbo-greco-británico en Macedonia y Tesalia. El martes se enteró - nuevamente entre los últimos - de que el ejército alemán había entrado a Bitolj y Ohrid, y comprendió que todo se había acabado. Nunca habría un frente conjunto, ni una retirada a través de Albania, ni la penetración de un nuevo Frente de Salónica. Por fin decidió huirse él también. Colocó en una bolsita las pulseras y las cadenitas finas, los anillos empeñados y la nueva colección de alianzas con los escudos de famila, y partió. La campanita a la puerta de la joyería repiqueteó, y el anciano se detuvo. A diferencia de otros muchos, en ese instante no pensó en si cerrar con llave o no. Otra cosa se le se había ocurrido. Por las carreteras embarradas y escombrosas, o en los dudosos vagones de tren, de seguro lo estaría esperando el que lo iba a asaltar.
Por eso volvió a la tienda, paró con la mano la campanita, como en otros tiempos, para que no sonara, y se sentó en su vieja silla. Pero esta vez no volvió a colocarse el lente de joyero. Era de noche y Carlo Ferfera tenía hambre. Volcó el contenido de la bolsita, y con la singular conciencia de que su vida de viejo ya no tenía ningún significado, empezó a tragarse las pulseras y las cadenas más finitas. Con manos temblorosas arrancaba las piedras preciosas y semipreciosas de esos anillos que sirven para poner sellos, y se las comía como alguien que hacía mucho que no cenaba. Luego salió sin cerrar la puerta. Debía apurarse. Ya no tenía más tiempo. Logró meterse en el expreso nocturno que, repleto, iba a la ciudad de Užice. Ninguno de los pasajeros creía que en realidad fuera a llegar a las colinas de Užice, como tampoco nadie se fijó en el viejo que se agazapó en un rincón del furgón asfixiante. Poco antes de la medianoche - sólo algunas horas antes de que la brigada motorizada alemana Príncipe Eugenio irrumpiera en la ciudad - el tren de todas maneras llegó a Užice. Ya en el andén, la suerte salió al encuentro del viejo judío. Sufriendo terribles dolores en el estómago, conteniendo a duras penas las ganas de vomitar, a la altura del último vagón casi chocó con su hijo menor. La unidad de Eliaju Ferfera había sido desmantelada. Una bala lo había herido en la cabeza; el oido y la vista se le habían debilitado.

Enorme fue su sorpresa cuando oyó el confuso balbucear del padre acerca del oro, acerca de que precisamente él tenía que destriparlo con sus manos no bien expirara. El viejo iba repitiendo que después tenía que encontrar a su hermano y que con esa fortuna debían escaparse a alguna parte, a alguna parte... Pensó que el viejo había contraido el tifus, y lo llevó al hospital militar, bajo las carpas, donde Carlo Ferfera pronto falleció. Inmediatamente después se oyó el ruido de los vehículos acorazados alemanes. El sargento Eliaju Ferfera todavía tuvo tiempo de enterrar en paz a su padre.

Para el año 1941

AUTORRETRATOS

Hoy vamos a hablar de los autorretratos de Mladen Šarbinović. Pintó diecisiete, y a ellos fue volviendo a lo largo de toda su vida cual a las páginas de un diario. Ya en el primero, hecho en 1921, cuando todavía iba a la escuela, notaremos contornos agudos, superficies de colores claramente matizados que, bordeándolo, al rostro del pintor le confieren una nota de severa moderación. Por ahí se notará una línea apenas visible, ya entonces llena de sutileza. Comienza por debajo de un mechón de pelo rubio, baja por medio de la frente, sigue las conturas debajo de los ojos y se termina en una leve hendidura al fondo de la mejilla. En el primer autorretrato parece como si en esos lugares el color se hubiera apenas resquebrajado, cual porcelana apenas agrietada. En el siguiente autorretrato ya notamos los influjos de París y de una escuela privada en la que el pintor pasó sus años mozos entre febrero de 1925 y octubre de 1926. Su rostro ahora está iluminado, girado discretamente hacia el observador desde un semiperfil. En este retrato no hay superficies oscuras claramente delimitadas como en el anterior, el del ao 1921. El colorido es optimista, cezánneo, con los olores de la Ciudad de las Luces: la línea también está aquí, habiendo cambiado ligeramente su curso, pero de todos modos insistente, imperceptiblemente más gruesa, pintada con mayores matices...

Todos los retratos de entreguerra denotan pinceladas de color densas, expresionistas, como de sarga. Las obras Autorretrato en las viñas de Mušicki, Autorretrato junto a una inglesia armenia, Autorretrato con reflejos del Danubio, Autorretrato con un gato negro en la falda y Autorretrato ante el patio de la Iglesia de la Asunción son la historia de una línea facial que ahora ya es densa y empieza a poner en alerta. De este período sobre todo vale destacar el Autorretrato en el cementerio de Almash. En él se ve sobre el artista una cruz funeraria de madera lavada. El observador notará con sorpresa que la mitad de la cara de Mladen Šarbinović está a la sombra en tanto que la otra está expuesta a la nítida luz matutina. La línea demarcatoria vueve a ser esa misteriosa cicatriz pictórica que serpentinea por medio de la frente pálida y se sumerge por debajo de las pinceladas suaves debajo del ojo izquierdo. Ya entonces muchos empezaron a investigar esta peculiaridad de los autorretratos del pintor - cuya cara en realidad no tenía ninguna cicatriz - pero la respuesta de por qué aparecía alli sería brindada tan sólo unas cuatro décadas después... En esa época el poeta Rastko Petrović escribía acerca de una cara aseada sin cicatrices que se presentaba con una sombra. Otros muchos sintieron interés por esa peculiaridad de los autorretratos de Šarbinović. Cuando le preguntaban de dónde venía esa insistente incisión en sus autorretratos, el artista por ese entonces respondía enigmáticamente. “No lo sé exactamente”, decía, “sólo sé que la pinto siempre en el mismo lugar. Quizá sea como un final mío, una desembocadura humana...”

Y siguió pintándola. En los cuatro autorretratos ulteriores, realizados hasta la guerra de abril de 1941, la línea de la cabeza del pintor Mladen Šarbinović ya no se esconde. Se asemeja a un corte grave, a una peligrosa cicatriz, como las de después de las riñas con botellas rotas en los boliches. En el Autorretrato junto a un balcón francés abierto sobre la calle MacKenzie, pintado precisamente en vísperas de la guerra, se lo ve al pintor detrás del cual revuelan unas nubes de tempestad. Está de espaldas a los relámpagos que destellan a ras de los techos belgradenses. La línea vuelve a ser asombrosa. En el rostro pálido y demacrado del pintor se delinea con un color rojo intenso, como el de los atlas de anatomía al mostrar el itinerario de las arterias en el rostro humano. Esa grieta en la mejilla del pintor Šarbinović anuncia, sin duda alguna, la guerra inminente, la capitulación y la derrota... El pintor vio a los primeros soldados alemanes por las calles de Belgrado desde ese mismo balcón francés de la calle MacKenzie. Durante la ocupación pintó poco, no sólo porque las musas se callan cuando los cañones hablan, sino también porque muy pronto se adhirió al movimiento chetnik y luchó entre Stublin y Jabučje en los destacamentos del mayor Zvonko Vučković. De esa época registramos sólo un dibujo al lápiz, probablemente hecho poco antes del fracaso de las fuerzas de Draža Mihailović. En él vemos a un Mladen Šarbinović cansado, pero no se diría de las batallas libradas, como tampoco por la pronta derrota de las fuerzas patrióticas, sino de aquella línea que lo persigue y le parte la cara.

Inmediatamente después de este autorretrato, que es casi como un esbozo hecho con prisa y aturdimiento, prodújose la quiebra, la captura y el juicio del general preferido de Šarbinović. Él se retiró entonces al exterior, y del pintor no se oyó nada más ni en Belgrado ni en Novi Sad. Pasó mucho tiempo desde entonces y hoy, examinando los autorretratos, de todas maneras podemos decir algo de su vida y de su trágico fin - fin que la línea advertía acaso ya desde aquella imagen de 1921... En la emigración Mladen Šarbinović compartió el mismo grupo sanguíneo, la misma anemia y la misma melancolía que los demás refugiados políticos. Cambió de domicilio con frecuencia, y deambuló sin estar consciente de que ya había adoptado los puntos de vista del perseguido que se ve atacado por las fuerzas de las tinieblas y de los viejos recuerdos. Toledo, San Sebastián, Lisboa, Londres, Dauville y por fin París: la última dirección fue la de la Avenida Philippe Auguste 92. El pintor tomó parte en múltiples organizaciones de emigrantes, pero se siguió definiendo como “el hombre de la hora veinticinco”. En esos años pintó con un pincel pesado, con una paleta hasta un cierto punto depurada pero reseca. Tres óleos pequeños, surgidos entre 1948 y 1956, muestran todo lo trágico de la martirizada comunión con una línea. El Autorretrato al calor del mediodía en Toledo, el Autorretrato con las palomas londinenses y el Autorretrato junto a los esqueletos de los barcos en el puerto de Dauville confirman el retorno a la técnica juvenil del juego de la regular alternación de las superficies de color ocre, pero la incisión ya no es una mera fisura como si en ese lugar el color tan sólo se hubiera agrietado. En los tres autorretratos de la emigración, la línea se abre como una herida pululante. La cicatriz se derrama desvergonzadamente por toda la cara, y a lo largo de ella parecería como si incluso se asomaran los intestinos del pintor, sus pensamientos enfermizos y todos los temores indefinidos.

Diez años más tarde Mladen Šarbinović no pintaría autorretratos. Como si se tratara de su obra definitiva, empezó a pintar el último el día en que fue asesinado. Un visitante misterioso, sin duda enviado desde la patria a través de canales secretos, lo sorprendió en los instante en que estaba terminando el último rostro, claramente dividido en dos mitades. Levantó un hacha con toda la crueldad a sangre fría, como si no se tratara de una vida sino de los apuntes para una novela, y le asestó el golpe por medio de su cara. Después de este horrendo asesinato, el visitante volvió sobre sus pasos y se fue sin decir nada. La policía francesa encontró el cuerpo ensangrentado en la Avenida Philippe Auguste. En la cara notó un tajo nítido: comenzaba por debajo de un mechón de pelo blanco, bajaba por medio de la frente, seguía las conturas de las arrugas debajo del ojo izquierdo y se terminaba al final de la mejilla. En el caballete seguía encontrándose el último óleo. El modelo y la imagen por fin eran idénticos.

Para el año 1966

EL VIUDO Y LAS SARDINAS

Un año antes del término del siglo, el doctor Álvaro enviudó. El entierro transcurrió en silencio, no hubo discursos sobre el ataúd de la difunta. El doctor Álvaro hizo la promesa de no hablar. Colocó las pertenencias de su mujer en grandes bolsas, sacó los antiguos apuntes de los bolsillos y escondió la naftalina. Luego se giró a sus enfermos, los cuales padecían de psoriasis, vitiligo, blenorragia y gonorrea. Como especialista en enfermedades venéreas y de la piel, el doctor Alfonsino Álvaro tenía el consultorio en un lugar bonito, la Rua Augusta 38a. Los colegas apreciaban su contribución a la ciencia, los enfermos le estaban agradecidos por su discreción, y el doctor cada noche ponía la ropa de su mujer en un nuevo orden. Ponía algunos trajes junto con determinadas blusas de seda, llevaba a la tinorería las faldas con manchas apenas visibles y pedía los recibos al nombre de la mujer. El último día del viejo año 1999 compró en la Plaza de Pedro IV una lata de sardinas griegas. Ahí decía: TRATA, sardelles se sogileaio, y por atrás, consumir antes del 31 de diciembre del año 2.000. Esa noche el doctor Álvaro no se comió las sardinas picantes, como tampocó se las comió la noche siguiente. En la noche de Año Nuevo paseó solo por las calles empinadas de Lisboa, se apartó de los tranvías y de los torrentes de agua sucia que la lluvia llevaba directamente al océano. Paseaba por el Muelle Marítimo. En el enorme puerto se defendía con un viejo paraguas de la lluvia que le entraba por el cuello del impermeable. Observaba los esqueletos oscuros de los barcos. Los buques transatlánicos no iluminados le parecían abandonados, casi malditos, encallados al final de un siglo padecido...
A mediados de enero de ese año 2.000, de nuevo tuvo ganas de comer sardinas, pero también esta vez desistió. Al día siguiente - y debía ser martes, un día como cualquier otro para el doctor - el Dr. Alfonsino Álvaro entró en la zapatería de barrio de Alfama y compró un par de zapatos de charol. Mintió a la vendedora. Le dijo que deseaba darle una sorpresa a la esposa que en esos instantes estaba ausente... En el armario, junto a las pilas tétricas de ropa planchada dentro de bolsas de plástico, ahora había un par de zapatos femeninos con tacos altos y una lata de sardinas picantes. En el año del término del siglo el doctor atendió a un número singularmente grande de enfermos contagiados de sífilis. Entonces llegó la noche del Año Nuevo, la última del siglo XX, y nadie pensó en el Fin del Mundo. El presidente del gobierno socialista de Portugal se dirigió a la nación con los mejores augurios para el nuevo milenio. Mientras ordenaba la ropa de la mujer encima de la silla, poniendo por debajo el par de brillantes zapatos comprados en el barrio de Alfama, el doctor Álvaro se enteró de que unos norteamericanos volarían en avión en el sentido en que gira la Tierra, con lo que durante ocho horas enteras iban a celebrar la llegada del nuevo siglo. No sabía para qué le podía interesar eso, así que apagó el televisor. Era casi la medianoche. Dejó la puerta sin cerrarla con llave y se sentó a la mesa. Prendió un tocadiscos anticuado y puso la balada Grandola vila morena. Abrió la lata de sardinas aromatizadas en aceite de soja, pero ni se le ocurrió comérselas. Solo a la mesa, esperaba a su mujer mientras fijaba la vista sobre el óvalo metálico desde el cual cinco sardinas lo miraban inertes con sus grandes ojos aceitosos. Estaba convencido de que a la medianoche en punto primero resuscitarían de los muertos esos pecesios griegos, y que con ello darían el signo a la difunta María Álvaro. A las doce horas, en tanto los disparos de las pistolas resonaban locamente por encima de los techos de Lisboa, el especialista en enfermedades venéreas y de la piel permaneció sentado con los ojos grandemente abiertos sobre las sardinas, mientras la música, que él ponía cada vez más fuerte, iba repitiéndose insistentemente. En el instante en que le pareció que a una sardina le refulgió un ojo, y que una de las sardinas muertas se había movido dando pequeños coletazos cual una sirena... no, pero eso debía ser que se estaba engañando. Su comida lo seguía mirando chatamente como antes, y el doctor pensó que se iba a desmayar...

Media hora después de la medianoche decidió comer solo los pescaditos en aceite, pero el plazo de la lata estaba vencido y en las dos primeras horas del nuevo siglo vomitó en forma descomunal. Pálido, salió a la terraza, con el cabello revuelto y la mirada lagrimosa se puso a observar el nuevo milenio que, por lo menos en esos primeros días, parecía igual que el anterior: morado, encallado en las orillas más prominentes de Europa, vacío y tán incierto. Tan sólo el tres de enero el doctor Alfonsino Álvaro salió a la calle, y aún reconvalescente, sin mucho vacilar obsequió todas las prendas de su esposa a una institución católica de beneficencia. Sólo por un instante vaciló si quedarse con el par de zapatos de charol, como si precisamente ellos se hubieran quedado atrás de la difunta María, pero entonces cambió de opinión, y también los entregó...

Para el año bisiesto 2000

(Traductora: Silvia Monros Stojaković)